Sereno y tranquilo el río avanza...
Entre las dos orillas, su trasegar armoniza con el tiempo...
Tranquilas sus aguas avanzan hacia el mar y su paso lento por la selva concierta con el acorde del trino de las aves y el cantar de las cigarras...
Sus aguas se deslizan con lentitud...
El rayo de sol arduo y severo refleja su calor sobre su espalda
Y el río sereno, imperturbable, avanza lento y tranquilo hacia el océano...
Llueve, y el aguacero cae sobre la superficie.
La lluvia batalla contra el río y sus gotas intentan penetrar lo más profundo de su ser.
Y él avanza calmo, sereno, imperturbable...
La lluvia no cede y su furia la convierte en una terrible tormenta.
Las gotas que caen se convierten ahora en cuchillas lastimeras que rompen su espalda.
La superficie del río desaparece y da paso a un salpicar centelleante en el que no se sabe dónde termina la lluvia y donde comienza el río.
Los vientos a su paso arrancan las ramas para golpear con más fuerza.
El poder del fuego retumba y los rayos que caen cortan los árboles de un solo golpe y estos se desploman provocando un gran oleaje que perturba la superficie.
Tormenta que transforma la geografía de la selva. Árboles que crujen al abatirse. Formas que desaparecen.
Y en medio de la tormenta el río avanza hacia el mar...
Sus aguas se desplazan lentamente...
Como si la calma del río impacientara los elementos, el mar se une a la lucha.
Sube la marea y la fuerza del océano es superior.
El mar entra, empuja, detiene, devuelve...
Detiene su camino, vuelve hacia atrás...
No lucha contra la fuerza del océano...
Y en ese instante da un espectáculo maravilloso...
No baja...
sube...
No va...
viene...
El mar, al ver que el río no lucha, desiste.
Calmo, tranquilo...
Imperturbable por entre el sonoro silencio de la selva...
Armoniza con el tiempo...
Fluye con el trino de las aves...
Avanza con el cantar de las cigarras...