San Jerónimo

San Jerónimo
Juan Dó, San Jerónimo meditando con una calavera, Whitfield Fine Arts Gallery, Londres.

sábado, 12 de abril de 2014

MISTERIO TRAS MISTERIO




La vida del hombre está llena de misterio.

Hay un primer misterio llamado existencia ¿por qué existe algo? ¿Por qué simplemente no hay nada? La existencia de algo es fascinante ya que derrota la eternidad de la nada. ¿Eternidad de la nada? Se dice que el universo, el espacio-tiempo en lenguaje relativista, inició hace aproximadamente quince mil millones de años; es decir que en ese momento apareció por primera vez el espacio y comenzó a transcurrir el tiempo. ¡Quiere decir que antes de ese tiempo no existía nada! Pero se habla de quince mil millones de años y podríamos preguntarnos por un tiempo anterior a él, por ejemplo ¿Veinte mil, cien mil millones de años? dice la física que no se puede preguntar por un tiempo anterior al origen del universo, sin embargo.... ¿Qué había antes? ¿De dónde surgió? ¿Cómo? ¿Por qué el universo es relativamente joven y por qué no tiene más edad? ¡He ahí el primer misterio! ¡La existencia!

La existencia del universo posibilita la aparición de la vida. Para que haya vida son necesarias las condiciones que posibiliten su aparición. La vida se da en un existente, en una cosa; si no hay existencia, no hay vida. Primero existencia, luego vida. Pero ¿Qué es la vida? La ciencia no se pone de acuerdo. ¿La vida es estructura molecular organizada o es un don divino? ¿La vida es necesaria o es un accidente? ¿Por qué aparece un organismo como la célula capaz de cumplir ciertas funciones que la hacen diferente a un inerte? ¿Por qué la célula es capaz de reproducirse? Si las células están hechas de átomos, y los átomos son inertes ¿En qué momento y cómo se estructuran para que aparezca la vida? ¿Por qué la vida se adapta a tan variados entornos?... ¡He ahí el segundo misterio! ¡La vida!

La vida en sí es inteligente. La vida se manifiesta de diversas formas y estas se complementan unas con otras. Las diferentes formas de vida responden a la vida pero no son conscientes de sí mismas. Existe la memoria, la interpretación del mundo, el conocimiento, pero no la conciencia de sí. ¿Qué es la conciencia? ¿Qué es ser consciente de sí mismo? En el universo aparece un ente que tiene consciencia de la vida, consciencia del universo y consciencia de sí mismo. Ese ente consciente de sí mismo es el Hombre. El Hombre, tardío en aparecer, observa el universo, lo interpreta y lo comprende. Se sabe existente y presente, y se maneja a sí mismo como un misterio. El Hombre es un misterio para sí mismo. El Hombre es un misterio que se interpreta como misterio. Él no sabe de dónde viene, ni de donde procede y tampoco sabe que le espera, ni adónde irá. Es el extremo del existente, el extremo que se da vuelta para mirarse a sí mismo. La existencia teniendo conciencia de existir. La existencia consciente. ¡He ahí el tercer misterio! ¡El Hombre!

El Hombre se sabe mortal. Su mortalidad lo hace vano. Su mortalidad lo incita a interpretar y descifrar el universo. Es un proceso extraño y misterioso, en el mismo instante que descifra el universo descubre el lenguaje. Es una relación extraña, sin el uno no existe el otro. El lenguaje surge con la vida. El lenguaje es necesario para la continuidad de la vida. Sin lenguaje no hay comunicación y sin comunicación no es posible la simbiosis. En el Hombre ocurre una prolongación a la vez mágica y misteriosa; el lenguaje, extremo del existente genera la palabra. La palabra le sirve al Hombre para pensarse, conocerse y comunicar. El Hombre, al saberse mortal, intenta prolongar su existencia por medio de la palabra. La palabra le permite al Hombre aprender, comunicar, conocer, inventar. ¿Por qué surge la palabra? ¿Es necesaria para el Hombre? ¡Un misterio más! ¡La palabra!

La palabra, al igual que el Hombre, es efímera. La palabra está hecha de viento, de vaho, se pronuncia y al instante muere. El silencio se encuentra a cada extremo de la palabra, y esta para ser lo que es, necesita el silencio. Sin el silencio no es posible la palabra. La palabra, al igual que los genes, es hereditaria; se transmite de generación en generación. Las historias, contadas por nuestros antepasados, se guardan en la memoria y se transmite a las generaciones presentes haciendo parte del acervo cultural. Pero al pasar de una generación a otra, las historias se transforman, cambian, dejan de ser lo que fueron originalmente para dar paso a una historia nueva y diferente. La historia prima se pierde en el aire. El hombre, en un instante de genialidad, inventa la escritura. ¿Inventa o descubre? La palabra escrita aparece como una manifestación de la memoria para guardar los hechos que acaecen en el decurso del tiempo. La escritura, necesariamente, da origen al libro. El libro acumula y guarda el saber de la humanidad. Un libro nos permite conocer y comprender el pensamiento de nuestros antepasados. Un libro destruye las barreras del tiempo y del olvido y llega con fuerza al presente. Al leer un libro dialogamos con los muertos. ¡Otro gran misterio! ¡El libro!


¿Libros? ¡Muchos! ¡Por montones! Profundos y banales. Eternos y efímeros. Bellos y sin forma. Clásicos y del momento. De todo. Los libros forman al Hombre. El conocimiento lo puede adquirir un Hombre encerrado en el silencio y la soledad de una biblioteca. Dice Quevedo “retirado en la paz de estos desiertos//con pocos pero doctos libros juntos//vivo en conversación con los difuntos//y escucho con mis ojos a los muertos.” Borges, ya ciego, sentía la presencia espiritual de sus libros y se sentaba, solitario y silencioso, en su biblioteca a escuchar las voces de los tiempos. En una biblioteca hay un rumor como el de un rio, se escucha el murmullo de ancestrales voces que develan la verdad. Cuando un Hombre lee un libro, cambia. A su vez un libro no es el mismo cuando es releído. Hay una dialéctica constante entre el lector y su libro. Dejan de ser lo que eran. ¡Otro más! ¡El misterio de la lectura!

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